sábado, 31 de mayo de 2014

Eleanor & Park



Título: Eleanor & Park
Autor: Rainbow Rowell
Precio: 15,50 
Páginas: 430
Editorial: Alfaguara






La nueva inspiró profundamente y siguió avanzando. Nadie la miraba. Park intentó hacer lo mismo, pero la chica atraía su mirada como lo haría un accidente ferroviario o un eclipse.
Tenía pinta de ser la típica a la que siempre le pasaban ese tipo de cosas.


Ella se sentó. No dijo nada (afortunadamente, no le dio las gracias) y dejó quince centímetros de separación entre ambos.


Había dedicado muchas horas a fantasear con el recibimiento que le dispensarían cuando por fin volviese a casa y a imaginar cuánto la habrían echado de menos. Pensaba que sus hermanos tirarían confeti, que le lloverían abrazos y gestos de cariño.
En cambio, nadie dio muestras de haberla reconocido.


No era como una princesa; las princesas sólo son guapas. La madre de Eleanor era hermosa, alta y majestuosa, con los hombros anchos y la cintura elegante. Los huesos de su cuerpo parecían más firmes que los del resto del mundo, como si no estuvieran ahí sólo para mantenerla en pie, sino también para afirmar su presencia.


Trepó a la litera superior y la encontró ocupada por un gato desaliñado.
-Fuera -lo empujó Eleanor.
El gato saltó al suelo y abandonó el cuarto.


A lo mejor alguien cambiaba de medio de transporte o se moría o algo así. Entonces Eleanor podría cambiar de asiento.


No se acostumbraba a cenar tan temprano.
¿Desde cuándo habían adoptado esa costumbre? En la otra casa, cenaban todos juntos, Richie incluido. Eleanor no se quejaba por no cenar con Richie, pero tenía la sensación de que su madre prefería librarse de ellos antes de que su marido llegase a casa.


Aquella noche, Park grabó una y otra vez la canción de Joy Division en una cinta.
Sacó las pilas de todos sus videojuegos portátiles y de los coches de control remoto de Josh. Luego llamó a su abuela para decirle que, como regalo de cumpleaños, en noviembre, sólo quería pilas de larga duración.


Se arrepentía de haberlo dicho. No porque fuera mentira. La quería. Claro que sí. No había otra explicación para… todo lo que Park sentía.


Eleanor tenía razón. No era guapa exactamente. Emanaba algo artístico, y el arte no busca ser bonito; busca despertar tus sentimientos.


Le cerró el libro de álgebra con el boli.
-¿De qué vas?
Eleanor intentó volver a abrirlo.
-No -protestó Park, atrayéndolo hacia sí.
-Pensaba que estábamos estudiando.
-Ya lo sé -repuso Park-. Es que… estamos solos.
-Más o menos.
-Pues deberíamos hacer las cosas que se hacen a solas.
-Ahora mismo me das miedo.
-Me refiero a hablar.


Las palabras le quemaban en la garganta, como si tuviera una bomba a punto de estallar -o un tigre a punto de saltar- en la base de la lengua. Le costó tanto guardárselas para sí que se le saltaron las lágrimas.


-Ni siquiera pronuncies su nombre -dijo-. Ella no es nada y tú lo eres… todo. Lo eres todo para mí, Eleanor.


Eleanor le empujó las manos.
-¿Por qué quieres hablar de esto?
Park se las empujó a su vez.
-Porque… es tu vida. Porque me interesa. Pones un montón de barreras absurdas, como si sólo me dejaras acceder a una pequeña parte de ti.


Eleanor había estado pensando en el acuerdo que él le había propuesto. Ser totalmente sinceros el uno con el otro. No creía que pudiera empezar a contarle la triste verdad de la noche a la mañana.


-Pero yo no llevo maquillaje.
-¿Por qué no?
Tal vez Eleanor debería haber dicho porque no la dejaban. Habría sido una respuesta más amable que: <<Porque maquillarse se parece a mentir>>.


Podía entender por qué Eleanor se esforzaba en parecer distinta. Más o menos. Lo hacía porque era distinta… porque no le asustaba ser diferente. (O quizá porque aún le daba más miedo ser como todo el mundo.)


-No pienso escucharte. Lávate la cara.
-¿Por qué?
Park apretó los puños contra la mesa.
-Porque lo digo yo. Porque pareces una chica.
-No es nada nuevo.
Park apartó el cuenco de cereales.
-¿Qué has dicho?
-He dicho que no es nada nuevo. ¿Acaso no piensas eso?
Park notó que le corrían las lágrimas por las mejillas, pero no quería tocarse los ojos.


Nunca estaban solos.


-Debería tener chica -decía la madre de Park.
Debería tener una familia como esta, pensaba Eleanor. Y no siempre se sentía una traidora por pensarlo.


Fue la esperanza lo que le estrujó el corazón con sus deditos sucios.


-No os puedo ayudar -dijo. Se sintió como si los hubiera dejado caer en aguas profundas-. Ni siquiera puedo ayudarme a mí misma.


-Os habría dejado mis cosas de todos modos -le dijo a Maisie-. Sólo teníais que pedirlas.
-Mentirosa -replicó su hermana.
Y tenía razón.


Park estaba muy mono aquel día. En vez de la típica camiseta negra de algún grupo siniestro llevaba una camisa verde con una inscripción que decía: <<Bésame, soy irlandés>>.


-Tendrás que escribir algo en el dorso -exigió Eleanor.
-¿Cómo qué?
-Como: <<Pst, Eleanor, TQCUH, sigue tan mona, BSS, Park.>>
-Pero yo no TQ como una hermana -protestó él-. Y tú no eres tan mona.
-Soy mona -replicó ella en tono ofendido, sin dejarle coger el carné.
-No… Tienes muchas otras cualidades -objetó él, quitándoselo por fin-, pero no eres mona.
-¿Ahora viene cuando tú me dices que yo soy una sinvergüenza y yo te digo que por eso te gusto? Porque eso ya lo habíamos superado. Yo soy Han Solo.
-Voy a escribir: <<Para Eleanor, te quiero, Park>>.
-¡No escribas eso! ¿Y si mi madre la encuentra?


Park la llevaba cogida de la mano, como si fueran novios. Porque lo somos, boba, se decía Eleanor una y otra vez.


-Gracias -la oyó decir.
Park habría jurado que se lo decía a Tina.


Trató de recordar qué había pasado la primera vez que la vio. Intentó recordar cómo había pensado la primera vez de ser una desconocida a convertirse en la persona más importante del mundo.


La primera vez que Park le cogió la mano, se sintió tan bien que todo lo malo se esfumó. La caricia fue más fuerte que cualquier herida.


Tenía que despedirse de Park. Ahora. Y no sabía cómo hacerlo.


-Te quiero -dijo Park para sí. O quizás en voz alta.
Ella ya no podía oírle.


Park nunca la amaría más que el día de su despedida.
Y Eleanor no podía soportar que la amara menos.


Ya no intentaba evocar su recuerdo.
Ella volvía cuando quería, en sueños, en mentiras y en sensaciones vagas de algo ya vivido.
A veces, por ejemplo, cuando se dirigía al trabajo, veía a una pelirroja en una esquina cualquiera y por un sobrecogedor instante habría jurado que era ella.
Enseguida advertía que su pelo era más bien rubio que rojo.
Además, sostenía un cigarrillo… Y llevaba una camiseta de los Sex Pistols.
Eleanor odiaba los Sex Pistols.
Eleanor…
Escondida tras su espalda hasta que él se vuelve. Tendida a su lado hasta que él se despierta. Siempre hace que los demás parezcan insulsos y superficiales, nunca lo suficientemente interesantes…
Eleanor, que lo estropeaba todo.
Eleanor, perdida.

Ya no intentaba evocar su recuerdo.

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