lunes, 9 de junio de 2014

Un monstruo viene a verme



Título: Un monstruo viene a verme
Autor: Patrick Ness, a partir de una idea original de Siobhan Dowd
Precio: 14, 95 
Páginas: 240
Editorial: Nube de tinta






El monstruo apareció pasadas las doce de la noche. Como hacen todos los monstruos.


Lo que sentía, lo que había sentido desde que apareció el monstruo, era una desilusión cada vez mayor.
No era el monstruo que él esperaba.


-Pues vale, ven a por mí.
Hubo un extraño silencio.
-¿Qué has dicho? -preguntó el monstruo.
Conor se cruzó de brazos.
-He dicho que vale, que vengas a por mí.


-Eres un buen chico -dijo ella y, aunque le sonreía, había tristeza en su voz-. Siento no haberme levantado.


El primer día del nuevo curso, Harry le puso la zancadilla en el patio del colegio, y él se cayó al suelo.
Así había empezado.
Y así había seguido.


-¡Se estaban riendo de la madre de Conor!


Se le ocurrían un par de cosas importantes que habían pasado. Nada que quisiera escribir, sin embargo. Cuando se fue su padre. Cuando el gato salió un día de casa para no regresar nunca más.
La tarde que su madre le dijo que debían tener <<una pequeña charla>>.


-¿Por qué te metiste si no era asunto tuyo?
-Intentaba ayudarte.
-No necesito tu ayuda. Me las estaba arreglando solo.


-La culpa es tuya -dijo-. Tuya y sólo tuya.
Conor salió disparado calle abajo.
-¡Antes éramos amigos! -gritó Lily detrás de él.
-Antes -dijo Conor sin darse la vuelta.


-¿Te ayudo? -le preguntó Conor desde la cama.
-No, cariño -dijo ella con voz muy débil-. A estas alturas ya me he acostumbrado.
Eso era lo malo. Conor también se había acostumbrado.


-Ábreme -dijo el monstruo: su voz sonó clara, como si la ventana no mediara entre los dos-. Quiero hablar contigo.
-Sí, claro -dijo Conor sin levantar la voz-. Eso es lo que quieren los monstruos. Hablar.
El monstruo sonrió. Daba pánico verlo.
-Si tengo que destrozar la ventana, lo haré encantado.
Levantó un puño de madera lleno de nudos con la intención de atravesar la pared de la habitación.
-¡No! -gritó Conor-. No quiero que despiertes a mi madre.


-Es sólo un sueño -dijo otra vez.
-Pero ¿qué e un sueño, Conor O’Malley? -El monstruo bajó la cabeza hasta la cara de Conor-. ¿Quién dice que no es todo lo demás lo que es un sueño?


-¿Y qué tal hoy en el colegio, jovencito?
-Bien -respondió Conor.
La verdad era que no había ido bien.


-Estoy bien donde estoy.


-Vaya -dijo el monstruo-. ¿Acaso soñaste con las bayas que había en el suelo de tu habitación?
-¿Y a quién le importa si las soñé o no? -gritó Conor-. Son sólo unas bayas estúpidas. Uhhh, ¡qué miedo! Oh, por favor, por favor, ¡sálvame de las bayas!


-Las historias son criaturas salvajes -dijo el monstruo-. Cuando las sueltas, ¿quién sabe los desastres que pueden causar?


-A veces la gente necesita mentirse a sí misma más que ninguna otra cosa.


Oyó un rumor raro, distinto a todo lo que había oído a lo largo de su vida. Tardó un minuto en darse cuenta de que el monstruo se estaba riendo.


-No siempre hay un bueno. Ni siempre hay un malo. Casi todo el mundo está en algún punto intermedio.


Así que al final dejó de acercarse a sus amigos, dejó de mirar cuando oía susurros, e incluso dejó de levantar la mano.
Aunque al parecer nadie se dio cuenta. Era como si de repente se hubiese vuelto invisible.


No podía mirarla, no podía ver el cariño que había en ella, no podía soportar oírselo en la voz.
Porque él no se lo merecía.


Y por un momento Conor se quedó completamente solo.
Supo que si se pasara todo el día fuera no lo castigarían.
Por algún motivo eso hizo que se sintiera todavía peor.


-¿Cómo te va, colega? -le preguntó su padre mientras esperaban que la camarera les sirviera las pizzas.
-¿Colega? -preguntó Conor levantando una ceja.

Pero llegó la camarera y se hizo un silencio mientras dejaba las pizzas delante de ellos.
Americana -dijo Connor mirando la suya con el ceño fruncido-. Si esta pizza hablara, seguro que tendría tu acento.


-Entonces, ¿para qué has venido? -preguntó Conor-. ¿Por qué te has molestado en venir?


-Estoy bien solo -dijo Conor, y salió del coche.


Estaba solo.


Se tiró otra vez en el sofá, y oyó cómo crujía con el impacto. Era un sonido tan gratificante que se levantó y se volvió a tirar.


-Las aldeas se convirtieron en pueblos; los pueblos, en ciudades. Y la gente empezó a vivir sobre la tierra en vez de vivir en ella.


-La destrucción es algo muy gratificante -escuchó, pero era como una voz en la brisa, algo que casi no estaba allí.


Había visto a Lily. Estaba con un grupo de chicas a las que él sabía que Lily no les caía muy bien y que ellas tampoco le caían bien a ella, pero allí estaba, en silencio mientras las otras no paraban de hablar.


Conor se separó del muro y dejó caer las manos en los costados, preparándose para el puñetazo que estaría al llegar.


-Voy a por algo de la máquina, colega -dijo su padre desde la puerta-. ¿Quieres algo?
-Quiero que dejes de llamarme <<colega>> -respondió Conor sin apartar los ojos de su madre.
Que rió.


Pero sonreía. Era una sonrisa cansada, una sonrisa agotada, pero era una sonrisa.


-Creo que sé perdonar una mentira piadosa.


-Estoy convencida de todo lo que digo -dijo, con un poco más de fuerza en la voz.


Le soltó la mano, se dio la vuelta y se fue.


<<Ya no te veo.>>


-Y si nadie te ve -dijo el monstruo apretando también el paso-, ¿se puede decir que estés ahí?


-¿Pero sabes lo que veo cuando te miro, O’Malley?
Conor cerró los puños.
Harry se inclinó hacia delante con los ojos echando chispas.
-No veo nada -dijo.


<<Siento haberle contado a todo el mundo lo de tu madre>>, ponía en la primera línea.
<<Echo de menos ser amiga tuya>>, ponía en la segunda.
<<¿Estás bien?>>, ponía en la tercera.
<<Yo te veo>>, ponía en la cuarta, con el <<Yo>> subrayado unas cien veces.


-Mentiste -dijo Conor, mirándola a los ojos-. Has estado todo este tiempo mintiendo.


Siempre lo había sabido.
La verdad.
La verdad real.
La verdad de la pesadilla.


-Y empecé a pensar en las ganas que tenía de que se acabara. En las ganas que tenía de dejar de pensar en ello. En lo insoportable que se me hacía ya la espera. No podía soportar lo solo que hacía que me sintiera.


-Yo no quería hacerlo -dijo Conor.
-Querías -dijo el monstruo-, pero no querías.


-Entonces, ¿qué hago? -preguntó por fin.
-Haces lo que acabas de hacer ahora -dijo el monstruo-. Dices la verdad.
-¿Y ya está?
-¿Crees que es fácil? -El monstruo arqueó dos enormes cejas-. Preferías morir antes que decirla.


Su madre no dijo nada, tan sólo alargó la mano que tenía más cerca de él.
Le pedía que se la cogiera.
Que se la cogiera y no la soltara.


Y él supo que era entonces. Supo que de verdad no había vuelta atrás. Que iba a pasar, independientemente de lo que él quisiera, independientemente de lo que sintiera.
Y supo también que lo iba a superar.
Sería terrible. Mucho más que terrible.
Pero sobreviviría.


-No quiero que te vayas -dijo, con las lágrimas cayéndole por las mejillas, despacio primero, a borbotones después, igual que un río.


-No quiero que te vayas -dijo otra vez.



Supo que llegaría, y pronto, quizá incluso a las 00:07. El momento en que ella se escurriría de sus manos, por mucho que él la sujetara con todas sus fuerzas.

sábado, 31 de mayo de 2014

Bajo la misma estrella



Título: Bajo la misma estrella
Autor: John Green
Precio: 14,80 
Páginas: 300
Editorial: Nube de tinta






La depresión es un efecto colateral de estar muriéndose.


-Me da miedo el olvido.


-Llegará un día en que todos nosotros estaremos muertos -dije-. Todos nosotros.


-Los cigarrillos no te matan si no los enciendes -me dijo mientras mi madre se acercaba al bordillo-. Y nunca he encendido ninguno. Mira, es una metáfora: te colocas el arma asesina entre los dientes, pero no le concedes el poder de matarte.


-Suspendí tres veces el carnet de conducir.
-Ni que lo jures.


El hecho de que Augustus me hiciera sentir especial no quería necesariamente decir que fuera especial.


-Dadme un cojín e hilo, deprisa, que esto tiene que ser un estímulo -añadió Augustus.


-Quiero ser responsable de las mínimas muertes posibles -le dije.


Cogí el libro de salpicadero.
-¿Qué te parece si te llamo cuando lo haya leído? -le pregunté.
-No tienes mi número de teléfono.
-Tengo la firme sospecha de que lo has anotado en el libro.
Sonrió de oreja a oreja.
-Y luego dices que no nos conocemos.


De modo que, en sentido estricto, no mentía. Sencillamente, elegía qué verdad decir.


-A veces la gente no es consciente de lo que está prometiendo -añadí.


-Pero creo en el amor verdadero. ¿Tú no? Creo que no todo el mundo puede conservar sus ojos, o no ponerse enfermo, o lo que sea, pero todo el mundo debería tener amor verdadero, y debería durar como mínimo toda la vida.


No tenía ningún jarrón, así que saqué el cepillo de dientes del vaso, lo llené de agua hasta la mitad y dejé las flores allí, en el cuarto baño.


-Que soy como… como una granada, mamá. Soy una granada, y en algún momento explotaré, así que me gustaría que hubiera el menor número de víctimas posible, ¿vale?


Parecía más bien una enferma profesional, como yo, lo que hizo que me preocupara el hecho de que cuando yo muriera sólo pudieran decir de mí que había luchado heroicamente, como si lo único que hubiera hecho en mi vida hubiera sido tener cáncer.


Pero cogí al idiota de Bluie y lo abracé mientras me dormía.


Intenté de decirme a mí misma que podría ser peor, que el mundo no era una fábrica de conceder deseos, que estaba viviendo con cáncer, no muriéndome de cáncer, que no debía dejarle que me matara antes de tiempo, y entonces empecé a murmurar <<idiota, idiota, idiota, idiota, idiota, idiota>> una y otra vez, hasta que el sonido anuló su significado.


-Columpios buscan hogar -le contesté.
-Columpios desesperadamente solos buscan un hogar feliz -dijo él.
-Columpios apedofilados que se sienten solos buscan culos de niños -dije yo.
Se rió.


Mientras leía, sentí que me enamoraba de él como cuando sientes que estás quedándote dormida: primero lentamente, y de repente de golpe.


-¿Por qué la comida del desayuno es comida para el desayuno? -les pregunté-. ¿Por qué no podemos desayunar un curry?


-No es fácil consolarte -me dijo Augustus.
-El consuelo fácil no consuela -le contesté.


-Ha sido un beso de amiga -le contesté.
Y me giré para besarla también a ella en la mejilla.


-Algunos turistas creen que Ámsterdam es la ciudad del pecado, pero en realidad es la ciudad de la libertad. Y en la libertad casi todos encuentran el pecado.


<<Las Lancaster no enseñamos la barriga>>.


-Bien -me dijo.
-Bien -le respondí.


-La gente se acostumbra a la belleza.


-Una guerra -contestó con desdén-. ¿Con qué estoy en guerra? Con mi cáncer. ¿Y qué es mi cáncer? Mi cáncer soy yo. Los tumores forman parte de mí. Sin duda forman parte de mí tanto como mi cerebro y mi corazón. Es una guerra civil, Hazel Grace, y ya sabemos quién la ganará.


-Si vas al Rijksmuseum, y la verdad es que yo quería ir… Pero para qué vamos a engañarnos. Ninguno de los dos puede recorrer todo un museo… En fin, eché un vistazo a la colección online antes de venir. Si fueras, y espero que algún día vayas, verías muchos cuadros de muertos. Verías a Jesús en la cruz, a un tipo al que le pegan una puñalada en el cuello, a gente muriendo en el mar y en batallas, y todo un desfile de mártires. Pero NI UN SOLO CHICO CON CÁNCER. Nadie palmándola de peste, viruela, fiebre amarilla y cosas así, porque la enfermedad no es gloriosa. No tiene sentido. Morir de enfermedad no es honorable.


-La ignorancia es la felicidad -le dije.


Buscó a tientas la mano de Gus; sin embargo, encontró el muslo.
-Tengo novia -le dijo Gus.


-Gus, te quiero.


-¿Qué es eso? -me preguntó.
-¿La cesta de la ropa?
-No, al lado.
-No veo nada.
-Es mi último trozo de dignidad. Es muy pequeño.


-Joder, Augustus, tienes que corregir hasta los discursos de tu funeral -dijo por fin.
-No digas tacos en el corazón de Jesús literal -le contestó Gus.
-Joder -repitió Isaac.


<<El dolor es como una tela: cuanto más fuerte es, más valor tiene>>.


-Hazel, vas a cenar. Tienes que mantenerte sana.

-¡NO! -grité-. No voy a cenar, y no puedo mantenerme sana porque no estoy sana. Estoy muriéndome, mamá. Voy a morirme, y te dejaré aquí sola, y no podrás estar encima de mí todo el rato, y ya no serás madre, y lo siento, pero no puedo hacer nada, ¿vale?

Eleanor & Park



Título: Eleanor & Park
Autor: Rainbow Rowell
Precio: 15,50 
Páginas: 430
Editorial: Alfaguara






La nueva inspiró profundamente y siguió avanzando. Nadie la miraba. Park intentó hacer lo mismo, pero la chica atraía su mirada como lo haría un accidente ferroviario o un eclipse.
Tenía pinta de ser la típica a la que siempre le pasaban ese tipo de cosas.


Ella se sentó. No dijo nada (afortunadamente, no le dio las gracias) y dejó quince centímetros de separación entre ambos.


Había dedicado muchas horas a fantasear con el recibimiento que le dispensarían cuando por fin volviese a casa y a imaginar cuánto la habrían echado de menos. Pensaba que sus hermanos tirarían confeti, que le lloverían abrazos y gestos de cariño.
En cambio, nadie dio muestras de haberla reconocido.


No era como una princesa; las princesas sólo son guapas. La madre de Eleanor era hermosa, alta y majestuosa, con los hombros anchos y la cintura elegante. Los huesos de su cuerpo parecían más firmes que los del resto del mundo, como si no estuvieran ahí sólo para mantenerla en pie, sino también para afirmar su presencia.


Trepó a la litera superior y la encontró ocupada por un gato desaliñado.
-Fuera -lo empujó Eleanor.
El gato saltó al suelo y abandonó el cuarto.


A lo mejor alguien cambiaba de medio de transporte o se moría o algo así. Entonces Eleanor podría cambiar de asiento.


No se acostumbraba a cenar tan temprano.
¿Desde cuándo habían adoptado esa costumbre? En la otra casa, cenaban todos juntos, Richie incluido. Eleanor no se quejaba por no cenar con Richie, pero tenía la sensación de que su madre prefería librarse de ellos antes de que su marido llegase a casa.


Aquella noche, Park grabó una y otra vez la canción de Joy Division en una cinta.
Sacó las pilas de todos sus videojuegos portátiles y de los coches de control remoto de Josh. Luego llamó a su abuela para decirle que, como regalo de cumpleaños, en noviembre, sólo quería pilas de larga duración.


Se arrepentía de haberlo dicho. No porque fuera mentira. La quería. Claro que sí. No había otra explicación para… todo lo que Park sentía.


Eleanor tenía razón. No era guapa exactamente. Emanaba algo artístico, y el arte no busca ser bonito; busca despertar tus sentimientos.


Le cerró el libro de álgebra con el boli.
-¿De qué vas?
Eleanor intentó volver a abrirlo.
-No -protestó Park, atrayéndolo hacia sí.
-Pensaba que estábamos estudiando.
-Ya lo sé -repuso Park-. Es que… estamos solos.
-Más o menos.
-Pues deberíamos hacer las cosas que se hacen a solas.
-Ahora mismo me das miedo.
-Me refiero a hablar.


Las palabras le quemaban en la garganta, como si tuviera una bomba a punto de estallar -o un tigre a punto de saltar- en la base de la lengua. Le costó tanto guardárselas para sí que se le saltaron las lágrimas.


-Ni siquiera pronuncies su nombre -dijo-. Ella no es nada y tú lo eres… todo. Lo eres todo para mí, Eleanor.


Eleanor le empujó las manos.
-¿Por qué quieres hablar de esto?
Park se las empujó a su vez.
-Porque… es tu vida. Porque me interesa. Pones un montón de barreras absurdas, como si sólo me dejaras acceder a una pequeña parte de ti.


Eleanor había estado pensando en el acuerdo que él le había propuesto. Ser totalmente sinceros el uno con el otro. No creía que pudiera empezar a contarle la triste verdad de la noche a la mañana.


-Pero yo no llevo maquillaje.
-¿Por qué no?
Tal vez Eleanor debería haber dicho porque no la dejaban. Habría sido una respuesta más amable que: <<Porque maquillarse se parece a mentir>>.


Podía entender por qué Eleanor se esforzaba en parecer distinta. Más o menos. Lo hacía porque era distinta… porque no le asustaba ser diferente. (O quizá porque aún le daba más miedo ser como todo el mundo.)


-No pienso escucharte. Lávate la cara.
-¿Por qué?
Park apretó los puños contra la mesa.
-Porque lo digo yo. Porque pareces una chica.
-No es nada nuevo.
Park apartó el cuenco de cereales.
-¿Qué has dicho?
-He dicho que no es nada nuevo. ¿Acaso no piensas eso?
Park notó que le corrían las lágrimas por las mejillas, pero no quería tocarse los ojos.


Nunca estaban solos.


-Debería tener chica -decía la madre de Park.
Debería tener una familia como esta, pensaba Eleanor. Y no siempre se sentía una traidora por pensarlo.


Fue la esperanza lo que le estrujó el corazón con sus deditos sucios.


-No os puedo ayudar -dijo. Se sintió como si los hubiera dejado caer en aguas profundas-. Ni siquiera puedo ayudarme a mí misma.


-Os habría dejado mis cosas de todos modos -le dijo a Maisie-. Sólo teníais que pedirlas.
-Mentirosa -replicó su hermana.
Y tenía razón.


Park estaba muy mono aquel día. En vez de la típica camiseta negra de algún grupo siniestro llevaba una camisa verde con una inscripción que decía: <<Bésame, soy irlandés>>.


-Tendrás que escribir algo en el dorso -exigió Eleanor.
-¿Cómo qué?
-Como: <<Pst, Eleanor, TQCUH, sigue tan mona, BSS, Park.>>
-Pero yo no TQ como una hermana -protestó él-. Y tú no eres tan mona.
-Soy mona -replicó ella en tono ofendido, sin dejarle coger el carné.
-No… Tienes muchas otras cualidades -objetó él, quitándoselo por fin-, pero no eres mona.
-¿Ahora viene cuando tú me dices que yo soy una sinvergüenza y yo te digo que por eso te gusto? Porque eso ya lo habíamos superado. Yo soy Han Solo.
-Voy a escribir: <<Para Eleanor, te quiero, Park>>.
-¡No escribas eso! ¿Y si mi madre la encuentra?


Park la llevaba cogida de la mano, como si fueran novios. Porque lo somos, boba, se decía Eleanor una y otra vez.


-Gracias -la oyó decir.
Park habría jurado que se lo decía a Tina.


Trató de recordar qué había pasado la primera vez que la vio. Intentó recordar cómo había pensado la primera vez de ser una desconocida a convertirse en la persona más importante del mundo.


La primera vez que Park le cogió la mano, se sintió tan bien que todo lo malo se esfumó. La caricia fue más fuerte que cualquier herida.


Tenía que despedirse de Park. Ahora. Y no sabía cómo hacerlo.


-Te quiero -dijo Park para sí. O quizás en voz alta.
Ella ya no podía oírle.


Park nunca la amaría más que el día de su despedida.
Y Eleanor no podía soportar que la amara menos.


Ya no intentaba evocar su recuerdo.
Ella volvía cuando quería, en sueños, en mentiras y en sensaciones vagas de algo ya vivido.
A veces, por ejemplo, cuando se dirigía al trabajo, veía a una pelirroja en una esquina cualquiera y por un sobrecogedor instante habría jurado que era ella.
Enseguida advertía que su pelo era más bien rubio que rojo.
Además, sostenía un cigarrillo… Y llevaba una camiseta de los Sex Pistols.
Eleanor odiaba los Sex Pistols.
Eleanor…
Escondida tras su espalda hasta que él se vuelve. Tendida a su lado hasta que él se despierta. Siempre hace que los demás parezcan insulsos y superficiales, nunca lo suficientemente interesantes…
Eleanor, que lo estropeaba todo.
Eleanor, perdida.

Ya no intentaba evocar su recuerdo.