Título: Un monstruo viene a verme
Autor: Patrick Ness, a partir de una idea original de Siobhan Dowd
Precio: 14, 95 €
Páginas: 240
Editorial: Nube de tinta
El monstruo apareció pasadas las
doce de la noche. Como hacen todos los monstruos.
Lo que sentía, lo que había
sentido desde que apareció el monstruo, era una desilusión cada vez mayor.
No era el monstruo que él
esperaba.
-Pues vale, ven a por mí.
Hubo un extraño silencio.
-¿Qué has dicho? -preguntó el
monstruo.
Conor se cruzó de brazos.
-He dicho que vale, que vengas a
por mí.
-Eres un buen chico -dijo ella y,
aunque le sonreía, había tristeza en su voz-. Siento no haberme levantado.
El primer día del nuevo curso,
Harry le puso la zancadilla en el patio del colegio, y él se cayó al suelo.
Así había empezado.
Y así había seguido.
-¡Se estaban riendo de la madre
de Conor!
Se le ocurrían un par de cosas
importantes que habían pasado. Nada que quisiera escribir, sin embargo. Cuando
se fue su padre. Cuando el gato salió un día de casa para no regresar nunca
más.
La tarde que su madre le dijo que
debían tener <<una pequeña charla>>.
-¿Por qué te metiste si no era
asunto tuyo?
-Intentaba ayudarte.
-No necesito tu ayuda. Me las
estaba arreglando solo.
-La culpa es tuya -dijo-. Tuya y
sólo tuya.
Conor salió disparado calle
abajo.
-¡Antes éramos amigos! -gritó
Lily detrás de él.
-Antes -dijo Conor sin darse la
vuelta.
-¿Te ayudo? -le preguntó Conor desde
la cama.
-No, cariño -dijo ella con voz
muy débil-. A estas alturas ya me he acostumbrado.
Eso era lo malo. Conor también se
había acostumbrado.
-Ábreme -dijo el monstruo: su voz
sonó clara, como si la ventana no mediara entre los dos-. Quiero hablar
contigo.
-Sí, claro -dijo Conor sin
levantar la voz-. Eso es lo que quieren los monstruos. Hablar.
El monstruo sonrió. Daba pánico
verlo.
-Si tengo que destrozar la
ventana, lo haré encantado.
Levantó un puño de madera lleno
de nudos con la intención de atravesar la pared de la habitación.
-¡No! -gritó Conor-. No quiero
que despiertes a mi madre.
-Es sólo un sueño -dijo otra vez.
-Pero ¿qué e un sueño, Conor
O’Malley? -El monstruo bajó la cabeza hasta la cara de Conor-. ¿Quién dice que
no es todo lo demás lo que es un
sueño?
-¿Y qué tal hoy en el colegio,
jovencito?
-Bien -respondió Conor.
La verdad era que no había ido
bien.
-Estoy bien donde estoy.
-Vaya -dijo el monstruo-. ¿Acaso
soñaste con las bayas que había en el suelo de tu habitación?
-¿Y a quién le importa si las
soñé o no? -gritó Conor-. Son sólo unas bayas estúpidas. Uhhh, ¡qué miedo! Oh,
por favor, por favor, ¡sálvame de las bayas!
-Las historias son criaturas
salvajes -dijo el monstruo-. Cuando las sueltas, ¿quién sabe los desastres que
pueden causar?
-A veces la gente necesita
mentirse a sí misma más que ninguna otra cosa.
Oyó un rumor raro, distinto a
todo lo que había oído a lo largo de su vida. Tardó un minuto en darse cuenta
de que el monstruo se estaba riendo.
-No siempre hay un bueno. Ni
siempre hay un malo. Casi todo el mundo está en algún punto intermedio.
Así que al final dejó de
acercarse a sus amigos, dejó de mirar cuando oía susurros, e incluso dejó de
levantar la mano.
Aunque al parecer nadie se dio
cuenta. Era como si de repente se hubiese vuelto invisible.
No podía mirarla, no podía ver el
cariño que había en ella, no podía soportar oírselo en la voz.
Porque él no se lo merecía.
Y por un momento Conor se quedó
completamente solo.
Supo que si se pasara todo el día
fuera no lo castigarían.
Por algún motivo eso hizo que se
sintiera todavía peor.
-¿Cómo te va, colega? -le
preguntó su padre mientras esperaban que la camarera les sirviera las pizzas.
-¿Colega? -preguntó Conor
levantando una ceja.
Pero llegó la camarera y se hizo
un silencio mientras dejaba las pizzas delante de ellos.
Americana -dijo Connor mirando la
suya con el ceño fruncido-. Si esta pizza hablara, seguro que tendría tu
acento.
-Entonces, ¿para qué has venido?
-preguntó Conor-. ¿Por qué te has molestado en venir?
-Estoy bien solo -dijo Conor, y
salió del coche.
Estaba solo.
Se tiró otra vez en el sofá, y
oyó cómo crujía con el impacto. Era un sonido tan gratificante que se levantó y
se volvió a tirar.
-Las aldeas se convirtieron en
pueblos; los pueblos, en ciudades. Y la gente empezó a vivir sobre la tierra en vez de vivir en ella.
-La destrucción es algo muy
gratificante -escuchó, pero era como una voz en la brisa, algo que casi no
estaba allí.
Había visto a Lily. Estaba con un
grupo de chicas a las que él sabía que Lily no les caía muy bien y que ellas
tampoco le caían bien a ella, pero allí estaba, en silencio mientras las otras
no paraban de hablar.
Conor se separó del muro y dejó
caer las manos en los costados, preparándose para el puñetazo que estaría al
llegar.
-Voy a por algo de la máquina,
colega -dijo su padre desde la puerta-. ¿Quieres algo?
-Quiero que dejes de llamarme
<<colega>> -respondió Conor sin apartar los ojos de su madre.
Que rió.
Pero sonreía. Era una sonrisa
cansada, una sonrisa agotada, pero era una sonrisa.
-Creo que sé perdonar una mentira
piadosa.
-Estoy convencida de todo lo que
digo -dijo, con un poco más de fuerza en la voz.
Le soltó la mano, se dio la
vuelta y se fue.
<<Ya no te veo.>>
-Y si nadie te ve -dijo el
monstruo apretando también el paso-, ¿se puede decir que estés ahí?
-¿Pero sabes lo que veo cuando te
miro, O’Malley?
Conor cerró los puños.
Harry se inclinó hacia delante
con los ojos echando chispas.
-No veo nada -dijo.
<<Siento haberle contado a
todo el mundo lo de tu madre>>, ponía en la primera línea.
<<Echo de menos ser amiga
tuya>>, ponía en la segunda.
<<¿Estás bien?>>,
ponía en la tercera.
<<Yo te veo>>, ponía en la cuarta, con el <<Yo>> subrayado unas cien veces.
-Mentiste -dijo Conor, mirándola
a los ojos-. Has estado todo este tiempo mintiendo.
Siempre lo había sabido.
La verdad.
La verdad real.
La verdad de la pesadilla.
-Y empecé a pensar en las ganas
que tenía de que se acabara. En las ganas que tenía de dejar de pensar en ello.
En lo insoportable que se me hacía ya la espera. No podía soportar lo solo que
hacía que me sintiera.
-Yo no quería hacerlo -dijo
Conor.
-Querías -dijo el monstruo-, pero
no querías.
-Entonces, ¿qué hago? -preguntó
por fin.
-Haces lo que acabas de hacer
ahora -dijo el monstruo-. Dices la verdad.
-¿Y ya está?
-¿Crees que es fácil? -El
monstruo arqueó dos enormes cejas-. Preferías morir antes que decirla.
Su madre no dijo nada, tan sólo
alargó la mano que tenía más cerca de él.
Le pedía que se la cogiera.
Que se la cogiera y no la
soltara.
Y él supo que era entonces. Supo
que de verdad no había vuelta atrás. Que iba a pasar, independientemente de lo
que él quisiera, independientemente de lo que sintiera.
Y supo también que lo iba a superar.
Sería terrible. Mucho más que
terrible.
Pero sobreviviría.
-No quiero que te vayas -dijo,
con las lágrimas cayéndole por las mejillas, despacio primero, a borbotones
después, igual que un río.
-No quiero que te vayas -dijo
otra vez.
Supo que llegaría, y pronto,
quizá incluso a las 00:07. El momento en que ella se escurriría de sus manos,
por mucho que él la sujetara con todas sus fuerzas.
